«Educar» con amenazas

«Educar» con amenazas

A quién no le suenan frases del tipo: «si no te lo acabas todo, no verás la tele» o «si no te portas bien, no irás a casa de los amigos». Son amenazas. Podemos disfrazarlo de consecuencias (de las que también hay mucho que hablar) pero son amenazas.

Todos tenemos muy interiorizado que las amenazas son un tipo de comunicación agresiva, que cuando las utilizamos con un adulto nos parece evidente la falta de respeto, de sensibilidad. Pero parece que cuando de niños se trata, podamos hacer uso apelando a la necesidad de normas y límites.
La amenaza ya llega al colmo de gravedad cuando viene en forma de retirada de amor: «si te portas mal, no te amaré, no seremos amigos, no querré estar contigo, etc».

Educando a través de la amenaza, educamos en la cultura del miedo. El niño hace lo que le decimos por temor al castigo que implica. Por lo tanto no hay un aprendizaje en valores. Puede que a corto plazo, la amenaza haga su función (si por función entendemos parar la conducta que nos molesta del niño), pero a largo plazo, creamos niños los que sus decisiones siempre dependerán de si hay una consecuencia negativa , un castigo … del miedo a lo que pueda pasar y no de sus convicciones. En definitiva, niños con poca autonomía emocional porque no se les enseña a pensar, a discernir, y esto los hace dependientes del adulto, inseguros.

Por otra parte, como frecuentemente las amenazas no se llevan a cabo porque son desproporcionadas, no inmediatas, arbitrarias o demasiado duraderas en el tiempo ( «si no te lo acabas, estarás todo el día sin televisión!», Pero en la tarde se lleva muy bien y al final, le dejamos ver), estos padres pierden credibilidad ante el hijo.

Cuando el niño va creciendo, interioriza este lenguaje, lo normaliza. Prueba de ello es que la utiliza con sus iguales ( «si no haces esto, no juego contigo»). Esta manera de comunicarse no es asertiva, no busca el diálogo, busca la sumisión. Es en este punto cuando podemos ver la huella que hemos dejado en ellos.

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